Para Valentín, con amor…

Creo que nunca voy a poder entender, ¿sabes? Porque, al menos, como tres veces al mes me dedico a pensar: “¿qué habría pasado si hubiese tomado otra decisión?”. Y quizá nadie podría darme la certeza que estarías aquí, revoloteando; yo cantándote tonadas infinitas sobre nuestro compañerismo y tú mirándome extrañado de mis tonteras. Pero, luego de reventar mis ensoñaciones, me percato que no estás aquí. Se me aprieta el pecho y siento que el dolor burbujeante se asoma como la espuma de las olas al romper en la orilla.

Colgamos el cuadro que pintaron con tus fotografías y, aunque me siento dichoso de tenerte en presencia, siento que me estás juzgando en cada pensamiento. Y no, créeme que aún no aprendo.

Nunca olvidaré el día en que abandonaste mi mundo. Tus ojitos fueron perdiendo poquito a poco su brillo y me quedé contemplando tu cabello rojizo como el fuego, el que se extinguió frente a mí. Y susurré al viento: “vamos, mi niño, descansa de una vez. Mi niño, más ñiño, más ñiño, ñiño…”, cuando tú y yo quedamos suspendidos en ese instante eterno.

Ahora que ya estás durmiendo, sumergido en un sueño del paraíso de los gatos, solo te pido que cada vez antes de dormir, nos demos un minuto, quizá solo unos segundos, para hilar nuestras vidas y volvernos a encontrar. Tú jugando a morder mis dedos y yo obligándote a abrazar mis ganas de vivir.

 

Siempre tuyo,

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