Jamaica (Parte II)

Durante el atardecer, cuando las hojas caían y el viento sopló con fuerza sobre tus cabellos. Cuando las estrellas fueron apareciendo timidas sobre el firmamento y tus pensamientos se ocultaron, vi el cielo rasgado. De ahí, cada una de las estrellas cayeron rapidamente sobre mis manos y no encontré la salida.

Al verme frente al espejo, no sé si lo soñé o fue un invento de lo que podría correr por mis venas,  pero todo fue tan lindo, ¿sabes? Quiero entregarte mis ojos por un momento y que lo veas todo claramente. O quizá con una mirada de crepúsculo. Quién sabe. Que solo veo lo que crece dentro de mí, o se muere. Porque ya no puedo diferenciarlo. Creo que hay algo vivo, fertil, esperando dentro de mí y salir sin miedo. Que hace días que es de noche y escucho el grito de los lobos llamar mi nombre.

Dejé mi espacio en el mundo para vivir bajo la noche. Y corrí mil metros, escapando de todo lo que podría haberme hecho daño, hasta que lo encontré. Y no, no fue un espacio, un momento sobre tus brazos, sino que pude ver por un instante esta bestia hambrienta que había en mí. Y no, no era alimento. ¿O sabía a vida eterna? Porque no me di cuenta. Pero, de pronto, el dolor se derritió desde un lucero y me quedé contemplando el horizonte.

Recuerdo que alguien estuvo a mi lado, sujetó mi mano y me acompañó. Quisiera haberle preguntado su nombre, pero mis pupilas se dilataron. Me aparté del mundo. Las palpitaciones se escaparon de mi pecho y abrí la cortina de un nuevo lugar.

Así me alejé de ti y de mí. Mantuve la distancia suficiente para que las estrellas se apagaran sobre mi regazo y las montañas flotaran ligeras sobre mi cabeza.

No fue necesario pararme de puntas, pero lo hice. Quise sentirme más cercano a la lluvia, las nubes negras, las hojas que me cayeron sobre la cara. Sentirme cerca del vacío. Más cerca del relámpago; electrízandome completo. Haciendo vibrar cada rincón del cuerpo. Porque quería sentir.

Siento este cuerpo muerto, caminando sin rumbo. De pronto, quiero moverlo, despertarlo. Necesito una bofetada. Una explosión que comience en mis entrañas y lo expulse todo. Cuando la lluvia no es suficiente y no lo lava todo.

Entonces, se rasgó el cielo y vi que el atardecer me fue despidiendo con sus llamaradas de terciopelo y quise fundirme para siempre. Porque encontré mi lugar en el mundo, adormecido, tumbado bajo el suelo.

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