Escrivivir

No me siento perdido. Sólo sé que las consecuencias, el karma; o como se le quiera llamar, finalmente me encontró.

Dónde está mi voz. Porque no puedo escucharla. Trato de socavar en lo profundo de mi garganta, y lo único que palpo es el silencio de las hojas al caer. Y, quiero sentir la vibración entre las cuerdas que retuercen y giran, pero nada sale. Nada escapa. Sólo se mueven los labios y nada pasa.

Con ambas manos aprieto el aparato de sonido, pero, aunque la vibración cale mis entrañas, ninguna palabra tiene sentido. Y se pierde en el fondo del abismo. En el fondo se mimetiza y ya no importa. Porque sólo importaba despierto en el sonido de esta clara noche apagada.

Mi voz se ha ido, y con ella, libertad encauzada en el viento.

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Entre lo que fui y seré

Soy oscuridad y, aunque trate de escapar de ella, de mí, siempre me alcanza.

Soy como una polilla que se va acercando sigilosamente a la luz, contemplándola mientras aletea y aletea al compás de una canción. Y puedo ver la luz perceptible a mis ojos, penetrando lentamente mi cuerpo y cada latido la rechaza, como la peste, como algo que me haría tan bien hasta romperme el corazón.

Siento que sale de mí como las palabras, como la tinta de una pluma, como viento al cambio, como la oportunidad que perdiste. La siento salir de mí, escabullirse desde los rincones,  rapidamente entre las sábanas de esta mañana. Escaparse de mí y sin mi consentimiento.

Cada latido la rechaza, pero lo soy. Nada más.

En ese momento

La noche fue mágica e inesperada. Supongo que eso la hizo especial. Estar caminando por horas en la playa, conversar en el infinito y no querer levantarse nunca de la arena. En realidad, no querer separarse nunca de su compañía. Y justo cuando pensé que nada podía superarlo, me abrazaste y sentí tu aliento en mi nuca.

Abrazarlo es sentir que vuelvo a casa. Sentir que vuelvo a sentir. Simplemente sin explicación.

Aunque quise extender ese momento eternamente, lo importante, lo que lo hace inmortal, es que fue inesperado y espontáneo, al igual que nosotros.

Mi corazón se regocijó y pude volver al camino. Justo de donde me había perdido. Y ahora, ya puedo seguir.

En búsqueda de la tranquilidad

Alguien me dijo una vez que todos buscamos la felicidad. Sin embargo, si ves con más claridad, quizá felicidad sea lo que queremos, pero ¿es lo que necesitamos?

Un querido amigo descubrió el secreto para vivir en plenitud, y por más que trató de explicarme el sentido, en ese momento no lo pude descifrar. Y es, que la gente realmente lo que necesita es tranquilidad. Parece simple y, la verdad es, que sabía que tenía razón. Porque llegada la noche, al apagar todas las luces de casa y quedarte a oscuras viendo el techo, lo único que importa es el sonido blanco de una consciencia tranquila. Saber que, en el fondo, todo está o estará bien.

Paso a pasito, es lo que me sigo repitiendo para seguir adelante. Y, aunque cada día que pasa logro sobrevivir, siento que algo de mí se va perdiendo.

Hasta la verdad, definitiva

Lo curioso de decir la verdad, de ser honesto, sincero, es que una vez que liberas toda emoción, todos los pensamientos y secretos, se traza una línea que crea una diferencia. Y la realidad, tal como la conocías, simpleme cambia. Y no, no hay nada que puedas hacer para remediarlo.

Supongo que eso es lo que me da miedo. De decir la verdad. Porque lo cambia todo de forma irremediable. Y muchas veces, la realidad que cambia es lo que más necesitamos que se mantenga estable.

De alguna manera es inevitable. Nadie puede quedarse eternamente con la verdad atascada en la garganta. Porque el universo entero confabula para que se libere. Y justo así, todo y nada cambia.