Eternos

Me siento como un adicto a tus recuerdos, a las veces que me hiciste sentir contento. Y necesito de los recuerdos. Creo que es lo único que me mantiene en pie, ahora.

No sé cómo pude sobrevivir el día de hoy. Es como si el universo hubiese confabulado para arrojarme recuerdos tuyos en la cara. Y me duele tanto sentirme vulnerable, sin control de mis pensamientos ni poder sobre lo que siento. Porque eres tú el dueño de mi mente, de sus escondites. Dueño del corazón que me late y me duele. Eres tú quien me hace sufrir con este olvido y quisiera dejarte ir, pero también me iría de ser así, contigo.

Ahora pienso que me habría gustado arrepentirme. Haberme dado la media vuelta y darle una oportunidad a lo irreconciliable. Porque, justo que es de noche, ahora mismo, es cuando más tengo miedo de no sentirte más en mí.

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Terminar es difícil de des-hacer

Sucedió lo que tanto temía, lo que tanto había esperado. Lo inevitable.

Eran las sesis y algo de la madrugada y me quedé sin palabras. Y pude haberle relatado la vida entera, pero me quedé en silencio perpetuo. Y me sigo convenciendo de que fue lo mejor. Sin embargo, ¿lo habrá sido realmente?

El tiempo “post-término” es agonia en espiral. Porque algunos logran superarlo sin problemas, mientras que otros creen que no van a sobrevivir. Todo es posible, todo es relativo.

El “día después” es conocido también como la etapa de “desintoxicación”, cuando acabas de ver su fotografía en el escritorio y leído una dedicatoria en la libreta que te regaló de su último viaje.

Realmente me hubiese gustado que funcionara, que este hubiese sido mi “felices por siempre”, pero quedó como otra historia en la que acabo de perder el corazón.

Contradictorio

Cada día que pasa me entiendo menos.

Cómo… cómo puedo hacer esto. Podría perderlo o, peor aún, perderme a mí mismo. Y me necesito vivo, alerta, consciente de todo. No como antes.

Tengo miedo de esto que siento dentro de mí, de las ansias por el peligro, el riesgo. Y no, no lo necesito para nada. Ya tengo suficiente conmigo mismo.

No quiero perder este equilibrio. Por qué soy tan autodestructivo. Derribando mis muros, rompiendo las reglas y destrozando los límites. Pero me urge el peligro. Lo necesito, pero no quiero necesitarlo.

Quiero estar en el borde; caminar por la cuerda floja.

Me urge el peligro. Necesito sentirme vivo otra vez.

12.11.2015 – 07:44 p.m

Contigo el tiempo ya no importa.

Qué importan los minutos que han pasado si contigo todo es a tiempo velocidad de la luz. Bueno, tengo ansias del tiempo, de comenzar mi vida contigo, pero al parecer no me he dado cuenta, porque ya estamos juntos.

Tiempo, tiempo, tiempo.

El tiempo que paso contigo, que transcurre mientras te espero para una cita. El tiempo que lo conquista todo cuando hacemos planes, cuando te veo a los ojos y sé que algo hermoso está a nuestro rededor. Pero, otra vez no me he dado cuenta, ¿y tu?

Siento que hemos gastado todo el tiempo del mundo, y aun así, quiero más tiempo para pasar el ratito. ¿Crees que nos concedan algo más? Quizá unos ochenta años. Porque siento que es el fin y aún no estoy preparado.

Contigo el tiempo ya no importa, sólo el amor…

Roto, en trizas…

Cómo algo que no conozco puede hacerme sentir tan libre y tan encerrado al mismo tiempo.

Llevo dándole vueltas en mi cabeza, incesante, y no, aún no logro dar con la respuesta. le doy una que otra vuelta mientras voy caminando, y pareciera ser que ya no importa.

No lo conozco, pero creo que lo he visto en algún lugar, como una figura oculta en mis sueños o como esa ilusión que ocurre cuando contemplas un atardecer.

Ayer tuve un ensueño y lo conocía. Mi mente le fue dando forma. Era un rostro que no podría comparar. Se trataba de la figura del primer amor. Luego, mi mente moldeó su cuerpo y cuando me acerqué, todo se sentía suave como la seda, al igual que su sonrisa entre mis labios.

Y no quería despertar de ese ensueño y así lo repetí todos los días como la última escena de una película.

Entonces, cómo algo que no conozco puede hacerme sentir tan inmenso y pequeño a la vez.

Muro de los lamentos

Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que tuve esta conversación conmigo mismo. ¿Será o no que aún sigo atascado, quizá, estancado en el pasado? Supongo que por eso lo evité tanto, porque tenía miedo de confrontarme. Verme a la cara y cuestionarme.

He vuelto a soñar con él. He vuelto a dilucidar su caminata y su idea normal y ordinaria de la vida. Y soñé que íbamos subiendo un costado del cerro y comenzó a hablarme sobre lo que había pasado, hacia donde se dirigía su vida y, de pronto, se detuvo. Se detuvo frente a mí y solamente me besó. Puso sus labios sobre los míos como si siempre lo hubiese hecho.

Ahora que lo pienso, jamás le pedí perdón por lo que hice, por no haber sido honesto con él. Y sé que nunca será tarde, pero aún estoy aprendiendo a perdonarme a mí mismo, y no creo que tenga las fuerzas para pedirte, para implorarte perdón.

Espero que mis palabras lleguen también a tus sueños. Y que me perdones.

El silencio (de encontrarte)

Anoche, mientras dormía abrazado de ti, se volvió a entrometer entre mis pensamientos, desafiando los límites y, justo lo vi, traspasando la barrera de mis sueños y nos volvimos a reunir.

Cada vez que sueño con él, y es algo que ha pasado más veces de las que quisiera recordar, una extraña sensación se queda anclada en mi pecho. Y me siento confundido, con la vista algo borrosa y con el tacto ajeno a la realidad. Siento que los colores se difuminan. El sentimiento que el tiempo no ha avanzado y que mi vida se ha quedado atrapada en un “volverlo a vivir”.

Estoy aterrado porque solía saber qué significaba, pero ahora, cuál es la razón de su aparición.

Entonces, la mañana se coló por la ventana, el despertador resonó sobre el velador y ya era hora de comenzar un nuevo día bajo tus brazos. Aun así, me pasé todo el día pensando en el pasado, lo que pudo ser. Afortunadamente, a la hora del atardecer, pude ver el futuro en tus ojos y todo se vio con claridad.

Desde el interior

El pasado domingo, me preguntaste sobre mis expectativas a futuro.

He estado absorto en el futuro inmediato y, sobre todo, en el trabajo y sus derivados. Y sí, había dejado mi futuro en un sueño muy lejano del que creí ya había despertado y hecho realidad.

Mi trabado ha llenado mis pulmones en los últimos años y también éste amor que disfruto, pero he dejado de lado mi pasión, escribir.

Imaginaba grandes metas cumplidas que, luego se transformarían en ilusiones, ensoñaciones y ahora se quedaron en el tíntero. Porque escribir para mí, es y será, el encauce de mis emociones, el trayecto de todos mis pensamientos, mi imaginación materializada y el paradero de todos mis sueños.

Quiero escribir la vida, desarrollar nuestra historia, terminar en algún cuento y ponerle punto final. “Felices por siempre”, y lo voy escribiendo cada día, viviendo…

Inefable corazón

Mi mente se siente como un jarrón lleno de agua y arena. Es como si el jarrón se agita sin cesar y toda la arena flota sobre el agua y nada se ve con claridad. Quizá ahí es cuando tomo malas decisiones. Y, me gustaría tomar buenas decisiones; como pedir disculpas cuando me equivoco, no irme enojado o resentido cuando lo estoy. Me gustaría decir lo que pienso y lo que siento en el momento y no momentos después. En fin.

Hay tantas decisiones que me gustaría tomar, sin dejarme llevar por las emociones; por la rabia, por la amargura. En fin. Sólo eso…, infinitas palabras que no he dicho, acciones que no he hecho, que no debía o que hice y me arrepiento.

Jamás pensé que me arrepentiría de algo y es ahí cuando pienso en ti y la arena deja de flotar. Todo se ve más claro. El agua se cristaliza y puedo ver a través de mí, de ti, de nosotros. Aun así, siempre estoy yo y mis decisiones que terminan arruinándolo todo.