Ensueño

Escucho el susurro del viento esconderse entre sus pestañas. La oscuridad se abrió para mí y sentí que caminaba sobre el aire de tus pensamientos. Desee ir más lejos, pero me detuve a contemplar el tornasol de tus manos gentiles. Tan dulce y clarividente.

Pensé que jamás me había ido, aunque ya me había ido. Pero no tenía la razón, del corazón.

Las ramas de los árboles se abrieron de par en par, parándome en puntillas para alcanzar las raíces lejanas y tuve miedo. El pecho se me apretó. Cerré los ojos con fuerza, aunque el silencio me comiera con desgano, pero, el espacio entre él y yo se hizo más y más corto, más corto… que no lo pude sostener.

Vi como todo lo que estaba a mi alrededor, cada luciernaga, cuervo, bestia me contemplaba como si fuera la más inospita de las maravillas. Paralizado. Atonito… ¿sin palabras? Sabía que debía continuar el camino, un sendero que me había estado reclamando desde tiempos inmemoriales, pero ¿debía hacerlo?

¡Anda, dame una razón! Dime que debo hacerlo, que es lo correcto, pero qué es lo correcto.

Las rosas se encontraban dormidas, acobijadas entre sus petalos tan finos y aterciopelados. Me sentí desfallecer. Y mi respiración se sintió como el cristal. Es que no puedo explicarlo, a menos que, al sentir tu tacto, todo caiga en pedazos. ¿Eso es lo que quieres?, ¿verme caer de a poquito? Uno por uno. Sin sentido y retorcido. Pese a que pido clemencia, pero esa es la sentencia, parte del destino que me ata como las raíces a la tierra. Así que, inhálame con desesperación para percibir tu reacción y, cada uno de mis sentidos, las fibras de mi cuerpo, los nervios de mi piel estarán alerta, expectantes que puedas pasarte sobre mi cabeza y librarte del camino.

Qué suerte de vestigio, junto a cada uno de los sonidos que me permiten escucharte sobre todo el ruido silencioso que me aprisiona. Y ahora me pregunto: ¿será tarde?, cuando las estrellas me sonrien y las rosas comienzan a bostezar, desafiándome, guiándome al claro oscuro de la cima.

Siento su presencia persiguiéndome. Paso a pasito, respirando tras de mí. Y quiero gritar toda mi vida, encontrarlo de frente y contemplarlo con cada beso temeroso. Estoy perdido.

Mi corazón comienza a tambalearse desesperado, tratando de encontrar el ritmo que se conecte con las bestias del bosque. Entonando una melodia que solo tú podrías reconocer. Pero, si esa melodia fuese para ti, ¿serías capaz de escucharla con paciencia? Si cada una de las palabras se fuese juntando como una muralla, ¿podrías derribarla? Porque tus pasos cercanos soplan fuerte. Invocas un huracan. Pese a que el cielo ruge y que todo se venga abajo, agito mis piernas, refugiado del destello de tus ojos.

Y no tengo miedo. Estoy mezclado con la melodia, las rosas que despiertan, la muralla que cae sobre tu regazo. Porque el cielo sigue rugiendo con dolor, pero lo contemplo firmemente, dejándome llevar entero y completo. Así yace en mí la oportunidad de cada huella, del rocio que cae, que se lo lleva, que resurge desde la tormenta.

Me repito otra vez, para mis adentros, que no tengo miedo, que este cuerpo es inquebrantable, que mi piel es vulnerable. Liberando el corazón con cada lágrima. Porque, cuando todo se termine, voy a ir descubriendo el final. El punto en el centro. Ahí estás, dándome la mano y volando en pedazos sobre el infinito.

¡Despierta!, porque este es el día… el comienzo del fin.

Muchos años

Mis días bajo la falda del cerro dragón se marchitaron como hojas de un otoño olvidado.

En esa decada, ya había una cuerda amarrada al palo poste y, con la flojera de nuestra imaginación, pudimos cumplir el anhelo de todo nortino; dar vueltas y vueltas, volando como gaviotas en el cielo.

Nortino al frío

Me dijeron que ese fue el invierno más frío que ha cobijado la ciudad. Que incluso la chusca se había vuelto sonido blanco al caer.

Cuando hay pequeños puntitos grises resbalándose del cielo, solo añoro la sensación de mis patas heladas entralazadas con las tuyas.

No estoy perdido

Sé lo que ves cuando paso frente a ti. Ves que una figura va moviéndose lentamente frente a tus narices y, pese a que todo vacila en cámara lenta, dejas pasar la oportunidad de quebrar la intimidad.

Seguramente piensas: “heme aquí, en un día normal, cuando el sol golpea con fuerza y determinación y, justo cerca de mí, una sombra se ha posado sobre la faz de la tierra”.

Sabes que quiero ir más allá de ser observado por una manada de hienas, riendo a mis espaldas. Qué paranoía, ¿no?

Estando de lado a lado, codo a codo, varios pensamientos vinien a mi mente. Quisiera darme la media vuelta y decirte al oído, tan despacio, tan bajito, que han habido mejores días, porque, aunque aquel día de mayo amaneció con más claridad, sigue siendo más oscuro que el anterior. Entonces, me armo de valor y me pregunto: “¿vendrán días mejores?”.

En medio del silencio, mientras la luz del día viaja violentamente sobre nuestra piel, mueves las manos desinteresadas por tu cuerpo y te acercas un poquito más a mi metro cuadrado.

Quizá te diste cuenta que estoy más cerca de ti, así que me siento compacto. Arrinconado. Doy vuelta la cara, contemplando las pecas que hay en tu rostro y siento el confort de algo familiar. Todo se siente tan tranquilo en ese espacio que compartimos por primera vez. Y parece que logras percatarte, porque tus mejillas se sonrojan y, el tiempo que se había detenido por un segundo, continúa su curso, dejándonos atrás.

Me quedé varado, contemplativo, respirando fuerte. Inhalo y siento cómo mis pulmones se van llenando de vida, de la que he renegado por años. El oxigeno acaricia entero mi interior y se siente suplicando la posibilidad de seguir adelante, ¿será posible? Y quiero preguntártelo. A viva voz. Quiero decirte que necesito ayuda, cuando mis ojos te grita. Te piden clemencia, llenos de inocencia. Pero el tiempo te ha llevado lejos, como polvo esparcido al viento, y te despido con la última exhalación antes de partir.

Ya sé lo que piensas cuando me ves pasar frente a ti. Y no, no fue difícil descifrarlo, si solo supieras que existo. Porque soy un desconocido, apartado de este mundo. Si supieras que existo… que no estoy perdido, solo vagando.

Juego de supervivencia

Qué me preocupa tanto, si no es más que una cáscara y tengo entendido que las cáscaras se rompen. Así que, está dicho y hecho. Todo se rompe y a nadie parece importarle. Entonces, qué más da. Porque, no es la primera vez, pero ¿será la última?

Se lo supliqué entre los dientes. El grito sordo sobre su regazo y temí romperme sin más. Pero resistí.

Orgulloso dibujaste una sonrisa en mi cara, le diste cuerda a mi cuerpo y pude seguir adelante. Lo necesito. Quise negarlo, pero lo necesito tanto que me duele cada pensamiento que irrumpe mi cabeza.

Con cada paso de vuelta a casa, el recuerdo; la memoria me carcomió desde fuera hacie dentro.

Con cada paso, todo vino a mí como olas gigantes sobre la orilla de la playa. Insostenible.

Y cómo resistí… ¿es eso lo que te preguntas? Porque, como te dije, no es más que una cáscara. Se puede romper. Quizá no vuelva a armarse y nada será como antes.

Cierro los ojos y llega al momento cuando todo se rompe. Siento el sonido quebrándose, frágilmente, y casi creo que es distante, ajeno a mí. Porque necesito creer que todo es un sueño. Que todos estos pensamientos no vienen de mí, pero no dejan de venir como una bandada de pájaros en invierno. Y quisiera migrar con ellos. La necesidad de irse volando lejos y empezar de nuevo. Pero, quizá, si cierro la puerta con fuerza, todo sea parte de una pesadilla y se quede en lo más recóndito de mi memoria.

Esa noche, pestañeé con la esperanza de un viento de cambio que tocara mi ventana. Pestañeé más fuert y, más rápido, y casi pude sentir el huracán que pudiera llevarse todo a su paso. Pero cerré los ojos y supe que todo era cierto.

Las sábanas me abrazaron y fue todo ajeno a mí. Me sentí prisionero. Percibí sus garras acariciando mis piernas. Se me cerró la garganta. Un nudo bajo mi pecho me cortó la respiración y quise escapar, pero sabía que estábamos unidos.

Qué puedo hacer. Sigue trepando sobre mi cuerpo, dejándome marcas por toda la piel. Lo siento arder como un tatuaje que traspasa los límites. Permanente. Clavando la memoria y me voy distanciando de la realidad. Cierro los ojos. Los apreto tan fuerte que arde mi rostro. Luego, cuando toda su esencia yace sobre mi piel, y en lo profundo, siento la brisa marina abofeteándome.

Abro los ojos y la arena de playa se siente suave bajos mis pies. Ya estoy a salvo. Lo sé. A años luz de la oscuridad. Lejano del dolor.

Mi cuerpo se derrumba como castillo de arena sobre la orilla. La cáscara se quema como árbol azotado por un trueno en medio de la nada.

Quiero despertar ya. Dejar todo atrás. Y al abrir los ojos, cuando la luz del día entra violenta por la ventana, traspasando las cortinas, en lo profundo de la piel yace palpitante. Porque el sabor amargo no se me quita de los labios.

Con cada paso que doy, lejos de la habitación, viene como olas que rompen y quiero escapar. Sensible. Palpando cada gota que cae sobre la piel muerta y ya no siento la cáscara rota. Porque puedo inundar mi cuerpo, pero las huellas no desaparecen. Puedo arrojarme al viento, pero las marcas no se desprenden. Puedo quemarme a lo bonzo y perduran las cenizas.

Jamaica (Parte II)

Durante el atardecer, cuando las hojas caían y el viento sopló con fuerza sobre tus cabellos. Cuando las estrellas fueron apareciendo timidas sobre el firmamento y tus pensamientos se ocultaron, vi el cielo rasgado. De ahí, cada una de las estrellas cayeron rapidamente sobre mis manos y no encontré la salida.

Al verme frente al espejo, no sé si lo soñé o fue un invento de lo que podría correr por mis venas,  pero todo fue tan lindo, ¿sabes? Quiero entregarte mis ojos por un momento y que lo veas todo claramente. O quizá con una mirada de crepúsculo. Quién sabe. Que solo veo lo que crece dentro de mí, o se muere. Porque ya no puedo diferenciarlo. Creo que hay algo vivo, fertil, esperando dentro de mí y salir sin miedo. Que hace días que es de noche y escucho el grito de los lobos llamar mi nombre.

Dejé mi espacio en el mundo para vivir bajo la noche. Y corrí mil metros, escapando de todo lo que podría haberme hecho daño, hasta que lo encontré. Y no, no fue un espacio, un momento sobre tus brazos, sino que pude ver por un instante esta bestia hambrienta que había en mí. Y no, no era alimento. ¿O sabía a vida eterna? Porque no me di cuenta. Pero, de pronto, el dolor se derritió desde un lucero y me quedé contemplando el horizonte.

Recuerdo que alguien estuvo a mi lado, sujetó mi mano y me acompañó. Quisiera haberle preguntado su nombre, pero mis pupilas se dilataron. Me aparté del mundo. Las palpitaciones se escaparon de mi pecho y abrí la cortina de un nuevo lugar.

Así me alejé de ti y de mí. Mantuve la distancia suficiente para que las estrellas se apagaran sobre mi regazo y las montañas flotaran ligeras sobre mi cabeza.

No fue necesario pararme de puntas, pero lo hice. Quise sentirme más cercano a la lluvia, las nubes negras, las hojas que me cayeron sobre la cara. Sentirme cerca del vacío. Más cerca del relámpago; electrízandome completo. Haciendo vibrar cada rincón del cuerpo. Porque quería sentir.

Siento este cuerpo muerto, caminando sin rumbo. De pronto, quiero moverlo, despertarlo. Necesito una bofetada. Una explosión que comience en mis entrañas y lo expulse todo. Cuando la lluvia no es suficiente y no lo lava todo.

Entonces, se rasgó el cielo y vi que el atardecer me fue despidiendo con sus llamaradas de terciopelo y quise fundirme para siempre. Porque encontré mi lugar en el mundo, adormecido, tumbado bajo el suelo.

Toma mi corazón (parte I)

Ahora, hay dos formas de poder… de permitirme continuar. Y, de alguna manera, quisiera que todo fuera más sencillo, ¿sabes? Que mi voz fuese escuchada aún a través de todo el silencio que la sofoca. Porque, aunque no lo creas, también merezco ser escuchado. Pero, qué pasó. Fui omitido. De pronto, el mundo sintió que estaba mejor sin mí y apagó la luz. Pese a que grité, caí, sangré. Me convertí en vela que iluminó la noche y se apagó.

Mientras revivo de mi silencio y sus palabras, nuevamente el fuego me escuece los labios y ya no se siente tan decadente. Peor es la manera en que me miras cuando camino al descubierto, con mis nervios y dolor al desnudo. Porque confié en ti, pero me diste vuelta la cara. Así que encontré un lugar mejor. Un espacio al que, aparentemente, pertenezco. Cuando perdí mi lugar en el mundo; donde creí que importaba. O eso pensaba. Supliqué con el alma.

Prendí la mente. Soy un poco más consciente. Conectado con el mundo.  Y dejo que mis sentidos me guíen al otro lado. Más allá del vacío. Porque, cuando estuve clavado en el hoyo, con los labios ardiendo y las pupilas extendidas, estuve aquí.

Ya no tengo miedo, ¿sabes? Cómo habría de tener miedo. Y siento que nada me ata, nada me sostiene. Escapando de esta realidad, vaciando galones de lágrimas para luego construir un bote y navegar eternamente sobre el desborde. Y todo yace distorsionado. Trato de encontrarle un sentido a todo esto. La realidad. La verdad. El mundo. Pero todo me parece más absurdo, brusco, tan distante de mí. Y la respiración se me agita, la mente se me prende y apaga, como luces tintineantes. Descompuesto. Siento que necesito arreglo. Que me saquen el corazón, descubriendo su locura mecánica. Otra vez desnudo ante sus ojos, confiando mi piel con un toque desconocido. Mis nervios sobre la mesa, con mis pensamientos entre sus dedos y mis emociones a mil.

Solamente… arráncame el corazón. Te desafío a que lo tomes con ambas manos. Pese a que, ante la menor de las caricias, todo pueda volar en pedazos.

¡Vamos, te reto! Arráncame el corazón, cuando estoy distante del dolor. Mi piel está entumecida de finas hierbas que envenenan mis sentidos. Porque, ya nada queda. Solo esta cascara y mi alma que vuela, esparcida, desvaneciéndose en lo incierto.

Desdeño

Este corazón me tiene encerrado entre cuatro paredes. De lado a lado. Y quiero escapar; salir corriendo, pero algo inefable me acerca al dolor. Lo siento… aquí, cobijado bajo el pecho. Punzante. Relampagueante tras los ojos y quiero que se vaya de mí esta agonía.

Punzante sobre mi corazón. Liberándose poco a poco. Ardor sobre la piel, fluyendo cálido entre mis dedos y latiendo fugaz el corazón. Puzante sobre mí, porque lo quiero, lo necesito. Y ya me siento fuera de mí, con una quemada que me escuece los labios y despierta los ojos. Así los abro, de par en par, suavemente. De pronto, siento mis sentidos enloquecidos, distorsionados y atormentados.

Quiero salir de aquí, te lo imploro. Salir corriendo es una salida, aunque me rompa el alma, me tuerza la sonrisa y me despotrinque el cuerpo. Que caiga por su propio peso.

Sentí la culpa flotar sobre mis hombros y es que los pajaritos que cantan fuera de mi cabeza; soplan al viento y crean un huracán bajo mis pestañas. Porque, grito y no me oyes. Te pido auxilio y me callas. Te olvido y me derramas, sobre tus manos; de mis mejillas.